Profesora: Mme. Lamothe. Hola amigos, ethel me mandó un par de fotos de los cursos paralelos a los que han sido publicadas, varios compañeros las esperaban ansiosos, ¡y con razón, nos faltaba la mitad de cada generación!
No tengo dato ninguno de qué curso se trata, pero veo algunos "activos" del blog, porque en estos casos hay quienes leen pero no escriben, ¡qué ganas de saber quienes son! Entre los activos,niñas: a ethel, lili-lilian, además de silvia irribarra, y entre los niños veo aparecer a robin pantoja, alejandro, ese niño, el 4º, ¿cómo se llamaba?, ¡lo recuerdo tan bien sin nombre!, michel, rauch,a su lado otro que me es familiar también, pedro fernández, al do fissore y...¡qué gusto verte miguel!, te echamos de menos, ¿no volvías por estos días?
Creo que éste es el curso de Première Préparatoire de Mme. Lamothe, todavía en el Petit Collège de calle Castellón. Yo estaba en ese curso, pero no aparezco en la foto. Me parece identificar que el que está entre Fernández y Fissore se llamaba Oscar Quezada. Al otro lado de Fissore está José Rivera; y el último de la fila de arriba es Hamilton Tramón.
Dicen que recordar es volver a pasar por el corazón. Debe ser cierto porque al ver las fotos casi pude sentir la presión del cuello almidonado de la camisa y el airecito helado en las piernas que los pantalones cortos no eran capaces de contrarrestar. A través de su carta oí hablar nuevamente a monsieur Gaillard. Lo vi paseándose delante de la primera fila, vistiendo una parka azul, mientras liaba un cigarrillo manipulando una maquinita ad hoc que había sacado del bolsillo. Terminada la delicada operación, encendió el tabaco y el humo azulado dejó momentáneamente en segundo plano la cuidada barba castaña. Después nos miró como siempre: el ceño fruncido y la sonrisa en los labios. Es precisamente a partir esa singular dicotomía que se originó el concepto con que construí las bermas del camino que he seguido hasta hoy: una orilla blanca y una orilla negra, una mano empuñada y la otra abierta, una advertencia y una licencia. En fin, balizas que son necesarias para transitar cuando la ruta se vuelve oscura. Sin embargo, lo que más me impresionó fue ver los caracteres manuscritos de nuestro maestro. Pero si es lo que inconscientemente copiamos todos ¡Yo escribo prácticamente con esa misma letra! Volví a percibir el penetrante y familiar olor de la tinta Stephens, sentí el suave raspar de la pluma sobre ese particular cuadriculado de los cahiers, propio únicamente de nuestro colegio. Entonces comprendí porqué, entre tantos profesores, solamente guardo recuerdos de monsieur Gaillard. Él fue el nexo entre dos cursos que mantenían separada a una familia. Desde el inicio fuimos dos arroyitos que discurrían por cauces paralelos y terminamos tributando en un río mayor cuando él se hizo cargo de nosotros. Es curioso como el destino nos ofrece segundas oportunidades: ahora que físicamente estamos más separados que nunca, la Adriana volvió a encauzarnos en lo afectivo y la Pauline, pala en mano, limpió de malezas y de cieno el canal para que el agua corriera libremente. Gracias por eso Paulina
Gracias a ti miguel por todo lo que siempre escribes, tus imágenes son diáfanas. Siempre te recuerdo especialmente en dos situaciones, además de muchas otras por supuesto. Una es en tu casa, antigua, de altos techos.Nos mostraste, orgullosísimo, partes del uniforme de su famoso antepasado, y la segunda es en esos "recreos", tiempo libre antes que llegara un profesor escribiendo con cada mano al mismo tiempo ¡más encima cosas distintas! mientras nosotros, los demás te admirábamos y te pedíamos más...
La pluma poética de Miguel tiene la gracia de suscitar vívidas evocaciones y hacer sentir los momentos de antaño como si los estuviéramos viviendo ahora. Es la virtud del artista.
Cuando a duras penas me estaba empezando a acostumbrar al ritmo que imponía el Petit Collège, llegaron las vacaciones de invierno. Eso significaba que volvía por dos semanas al campo, a los brazos de mis padres a sorprenderlos con lo que había aprendido. Como era invierno, llovía constantemente. Es curioso, las palabras pluie y parapluie me parecían tan onomatopéyicas, era escuchar el sonido de las gotitas. No era cosa menor volver al campo; significaba retroceder medio siglo hacia las palmatorias y candelabros, al agua que se obtenía a través de una bomba manual en el lavaplatos de la cocina, a la movilización a caballo, en cabrita o en carreta; al cambio del uniforme por las botas, las espuelas y el sombrero, otro lenguaje: “Ptás qu´está malo el tiempo, iñor”, si hasta las cornizas andan desaparecías” Y terminadas las vaciones, el regreso a Concepción, un viaje de diez kilómetros desde el campo hasta la estación de Ñipas, a caballo, por supuesto, los caminos no permitían ni el paso de los tractores. Hasta el día de hoy recuerdo el olor de la humedad en mi pequeña manta de castilla y en el rostro la sensación del agua que resbalaba desde mi sombrero alón, también pequeñito. Después la espera en el andén y la súbita aparición de la gigantesca locomotora a carbón llenando el ambiente de vapor, reflejando en los rieles mojados la luz del ciclópeo foco de su trompa. Subíamos maletas de suela, canastos y bolsos. Aún distingo a mi padre – muy joven aún – cargando en sus poderosos brazos los bultos más pesados. Ya sentados en el vagón cuyo acompasado traqueteo me llenaba de modorra, recuerdo que me arrimaba al papá para quedarme dormido, sintiendo su calor y debiendo reacomodarme de tanto en tanto para esquivar la dureza del revólver que él solía llevar al cinto. Cómo no iban a gustarme las películas del oeste si eran la fiel expresión del mundo en el que me había criado y que mis obligaciones escolares partían por la mitad. Hoy día ya no hay trenes en esa ruta; tampoco está mi padre y ni siquiera estoy yo físicamente. Sin embargo, cuando el cuerpo se entrega al reparador sueño de todas las noches, se abre un telón gigantesco y reaparecen, vívidamente y a todo color, las escenas de un tiempo que ya se fue. Hoy, lo único que me liga a ese tiempo, son ustedes, mes petits camarades.
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ResponderEliminarNo tengo dato ninguno de qué curso se trata, pero veo algunos "activos" del blog, porque en estos casos hay quienes leen pero no escriben, ¡qué ganas de saber quienes son! Entre los activos,niñas: a ethel, lili-lilian, además de silvia irribarra, y entre los niños veo aparecer a robin pantoja, alejandro, ese niño, el 4º, ¿cómo se llamaba?, ¡lo recuerdo tan bien sin nombre!, michel, rauch,a su lado otro que me es familiar también, pedro fernández, al
ResponderEliminardo fissore y...¡qué gusto verte miguel!, te echamos de menos, ¿no volvías por estos días?
Creo que éste es el curso de Première Préparatoire de Mme. Lamothe, todavía en el Petit Collège de calle Castellón. Yo estaba en ese curso, pero no aparezco en la foto. Me parece identificar que el que está entre Fernández y Fissore se llamaba Oscar Quezada. Al otro lado de Fissore está José Rivera; y el último de la fila de arriba es Hamilton Tramón.
ResponderEliminar¡Qué bien carlos, seguimos armando de a poquito nuestra historia escolar!
ResponderEliminar¡Ah!, atrás en el dintel de la puerta hay un niñito, ¿no serás tú?
ResponderEliminarDicen que recordar es volver a pasar por el corazón. Debe ser cierto porque al ver las fotos casi pude sentir la presión del cuello almidonado de la camisa y el airecito helado en las piernas que los pantalones cortos no eran capaces de contrarrestar. A través de su carta oí hablar nuevamente a monsieur Gaillard. Lo vi paseándose delante de la primera fila, vistiendo una parka azul, mientras liaba un cigarrillo manipulando una maquinita ad hoc que había sacado del bolsillo. Terminada la delicada operación, encendió el tabaco y el humo azulado dejó momentáneamente en segundo plano la cuidada barba castaña. Después nos miró como siempre: el ceño fruncido y la sonrisa en los labios. Es precisamente a partir esa singular dicotomía que se originó el concepto con que construí las bermas del camino que he seguido hasta hoy: una orilla blanca y una orilla negra, una mano empuñada y la otra abierta, una advertencia y una licencia. En fin, balizas que son necesarias para transitar cuando la ruta se vuelve oscura.
ResponderEliminarSin embargo, lo que más me impresionó fue ver los caracteres manuscritos de nuestro maestro. Pero si es lo que inconscientemente copiamos todos ¡Yo escribo prácticamente con esa misma letra!
Volví a percibir el penetrante y familiar olor de la tinta Stephens, sentí el suave raspar de la pluma sobre ese particular cuadriculado de los cahiers, propio únicamente de nuestro colegio.
Entonces comprendí porqué, entre tantos profesores, solamente guardo recuerdos de monsieur Gaillard. Él fue el nexo entre dos cursos que mantenían separada a una familia. Desde el inicio fuimos dos arroyitos que discurrían por cauces paralelos y terminamos tributando en un río mayor cuando él se hizo cargo de nosotros.
Es curioso como el destino nos ofrece segundas oportunidades: ahora que físicamente estamos más separados que nunca, la Adriana volvió a encauzarnos en lo afectivo y la Pauline, pala en mano, limpió de malezas y de cieno el canal para que el agua corriera libremente. Gracias por eso Paulina
Gracias a ti miguel por todo lo que siempre escribes, tus imágenes son diáfanas. Siempre te recuerdo especialmente en dos situaciones, además de muchas otras por supuesto. Una es en tu casa, antigua, de altos techos.Nos mostraste, orgullosísimo, partes del uniforme de su famoso antepasado, y la segunda es en esos "recreos", tiempo libre antes que llegara un profesor escribiendo con cada mano al mismo tiempo ¡más encima cosas distintas! mientras nosotros, los demás te admirábamos y te pedíamos más...
ResponderEliminarLa pluma poética de Miguel tiene la gracia de suscitar vívidas evocaciones y hacer sentir los momentos de antaño como si los estuviéramos viviendo ahora. Es la virtud del artista.
ResponderEliminarCuando a duras penas me estaba empezando a acostumbrar al ritmo que imponía el Petit Collège, llegaron las vacaciones de invierno. Eso significaba que volvía por dos semanas al campo, a los brazos de mis padres a sorprenderlos con lo que había aprendido. Como era invierno, llovía constantemente. Es curioso, las palabras pluie y parapluie me parecían tan onomatopéyicas, era escuchar el sonido de las gotitas. No era cosa menor volver al campo; significaba retroceder medio siglo hacia las palmatorias y candelabros, al agua que se obtenía a través de una bomba manual en el lavaplatos de la cocina, a la movilización a caballo, en cabrita o en carreta; al cambio del uniforme por las botas, las espuelas y el sombrero, otro lenguaje: “Ptás qu´está malo el tiempo, iñor”, si hasta las cornizas andan desaparecías”
ResponderEliminarY terminadas las vaciones, el regreso a Concepción, un viaje de diez kilómetros desde el campo hasta la estación de Ñipas, a caballo, por supuesto, los caminos no permitían ni el paso de los tractores. Hasta el día de hoy recuerdo el olor de la humedad en mi pequeña manta de castilla y en el rostro la sensación del agua que resbalaba desde mi sombrero alón, también pequeñito. Después la espera en el andén y la súbita aparición de la gigantesca locomotora a carbón llenando el ambiente de vapor, reflejando en los rieles mojados la luz del ciclópeo foco de su trompa. Subíamos maletas de suela, canastos y bolsos. Aún distingo a mi padre – muy joven aún – cargando en sus poderosos brazos los bultos más pesados. Ya sentados en el vagón cuyo acompasado traqueteo me llenaba de modorra, recuerdo que me arrimaba al papá para quedarme dormido, sintiendo su calor y debiendo reacomodarme de tanto en tanto para esquivar la dureza del revólver que él solía llevar al cinto. Cómo no iban a gustarme las películas del oeste si eran la fiel expresión del mundo en el que me había criado y que mis obligaciones escolares partían por la mitad.
Hoy día ya no hay trenes en esa ruta; tampoco está mi padre y ni siquiera estoy yo físicamente. Sin embargo, cuando el cuerpo se entrega al reparador sueño de todas las noches, se abre un telón gigantesco y reaparecen, vívidamente y a todo color, las escenas de un tiempo que ya se fue. Hoy, lo único que me liga a ese tiempo, son ustedes, mes petits camarades.