Corría el año 1956,
" les petits collegiens" habían sido trasladados de local, lo que para nosotros significaba: "cambio de colegio", ser de nuevo los más chiquitos, esta vez en el
"Grand collège". Con nuestros uniformes color azul piedra, moños o trenzas, con lindas cintas las niñas, con pantalones cortos algunos niños, todos con albos delantales, zapatones negros relucientes y nuestros pesados bolsones, de cuero por supuesto que se llevaban de la manilla, ¡qué espectación reinaba esa mañana entre nosotros!, formados en ese inmenso patio, esperando, sin cantar ya: "C´est nous les p´tits collègiens...", no, ahora resonaban los himnos nacionales de Chile y Francia que los niños "grandes" cantaban con evidente fluidez y superioridad, nosotros, con nuestros 5 o 6 años, emocionados, cantando lo mejor posible, casi musitando, bajo las miradas severas de los profesores y la presencia de todo el personal del colegio, ambiente intimidante, extraño. Los niños con hermanos mayores lanzaban miradas de socorro que no siempre eran respondidas con apoyo, porque, en general, el asunto había cambiado, radicalmente, ya éramos también
grandes. A la sala, adentro pupitres grandes con cubiertas inclinadas que se levantaban para poner los cuadernos y libros debajo, arriba, en la parte superior: el tintero de vidrio, riesgosamente lleno de tinta azul, (indicaciones: no sacar, sólo para pedir que se nos llenara de una gran botella una vez vacío), nuestros lapiceros "de palo" con flamantes plumas largas se nos antojaban imposibles de controlar. Terminadas las instrucciones generales empezaron a repartirnos algunos libros y cuadernos, los demás los compraríamos después. ¡Qué de emociones guardadas en esos pupitres, qué de secretos de niños en nuestros estuches, algunos de madera, todo con olores particulares, la tinta, los libros franceses, algunos libros chilenos de papel grueso poroso,¡ los lápices al sacarles punta! Aún deben deambular libremente por los lugares en que estaba nuestro colegio viejo desaparecido con el terremoto del ´60 tantas preguntas, miradas, alegrías, temores, de la mano de nuestras conversaciones pequeñas, ésas que sólo los niños mismos o los que nunca dejan de serlo entienden de verdad...